En septiembre de 2015 me encontraba en una charla sobre mediación y relaciones humanas, fue tanto lo que me llegó aquella forma de interpretar la terapia que enseguida me acerqué a la ponente y la pregunté donde había estudiado aquella manera de entender el interior de las personas. En menos de una semana estaba pasando una entrevista con mi profesor Javier Ortigosa. Una entrevista bonita pero de la que salí desconcertada y en la que antes de finalizar, me comprometía a varias cosas para poder acceder a la formación del instituto de Interacción.

Estaba claro que buscaban un perfil de personas con motivación, iniciativa e interés. Javier me pareció un profesional desde el inicio hasta el final de sus días. Una eminencia dentro del Instituto de Interacción que contribuyo a cambiar la perspectiva de la Terapia Centrada en la Persona. Toda su entrega formativa basada en el gran Carl Rogers que nos hacía comprender que las personas tienen el poder de dirigir su propio trabajo terapéutico. Y así fue como lo fuimos experimentándolo sesión tras sesión, intercalando los diferentes roles, conociéndonos, reconociéndonos, “desnudándonos”, rompiéndonos, riendo, escuchándonos, pero sobre todo respetando el espacio y el tiempo de cada uno.

La terapia en grupo nos hizo establecer vínculos sociales y afectivos fuertes que, a día de hoy, siguen estando presentes en muchos casos. Fue una suerte para todos encontrarnos en un espacio tan limpio y vital con un nivel de humanidad y de entrega que hizo mucho más rica cada sesión compartida.

En ese curso pasamos por ser observadores, terapeutas y clientes y así adquirir herramientas para nuestra futura labor. Aprendimos con verdad lo que es mirar al otro con empatía, actuar con congruencia y buscar la aceptación incondicional no sólo en el plano terapéutico sino también en nuestra vida cotidiana. 

El final del primer curso acabó con dureza tras la pérdida de Javier, fue una despedida lenta pero bonita regalándonos implicación y confianza en nosotros/as mismos/as.

Recompuestos del duelo de nuestro profesor, el viaje hacia el interior había comenzado y como era de esperar casi todos los participantes del primer curso quisimos avanzar formándonos para profundizar en la terapia individual y algo de la terapia en parejas. Dividir el grupo en dos nos costó puesto que debíamos reducir el número para hacer el tratamiento más personalizado. El segundo curso fue un encuentro más profundo, si cabe, una mirada hacia dentro del otro y de uno mismo, un tú a tú impregnado de sensaciones y emociones, un descubrimiento que debíamos experimentar. Todo un lujo, el espacio establecido, el tiempo dedicado, nuestros profesores Eulalia y Daniel que consiguieron extraer de nosotros/as lo mejor de cada uno/a. 

Y ¿qué pensáis que esto se acabó aquí? Pues no, como si de una adicción se tratara, la formación terapéutica de dos años se nos había quedado corta por eso decidimos “inventar” un tercer curso que trataría de remezclar lo que habíamos hecho en el primer año y en el segundo. Saboreamos cada uno de los encuentros mensuales y recolocamos nuestra teoría de una forma más completa. 

A título personal estoy muy agradecida de todas las facilidades que el instituto nos ofreció, de cada una de las sesiones teóricas, que a pesar de ser algunas más densas no dejaron de tener un nivel alto de formación. 

Gracias a los profesores y profesionales que nos dieron charlas y a cada uno por ser como es, ya que si antes me ponía, habitualmente, las gafas de la comprensión, la atención y escucha ahora no me las quito pues todo lo que viví y aprendí en el curso de Rogers me ha hecho mejorar mi calidad como persona y como profesional. Aun así sigo creciendo y considerando que nunca hay que dejar de aprender de las profundidades personales. 

Esther Álvarez Cano. Maestra

Enfoque Centrado en la Persona