Desde los orígenes de la humanidad se han contado historias. Un tipo en particular son aquellas que pretenden sobrecogernos y usan el miedo a alguna especie de monstruo para transmitirnos una moraleja acerca de los que debemos hacer y lo que no. Estas historias han permanecido hasta nuestros días en forma de mitos, cuentos, fábulas, leyendas urbanas y, por supuesto películas. Como se acerca la celebración de la festividad importada Halloween, puede ser una buena excusa para pararnos a reflexionar sobre estas narraciones.

A pesar del paso de los siglos, estos relatos de terror permanecen inalterables en sus elementos. Constan de tres ingredientes, “el monstruo” que puede ser de origen sobrenatural o no, algo que impide escapar del mostruo, y el elemento más importante, la falta o “pecado”. Mencionada en películas como “Scream” o “La Cabaña en el bosque”, es la más importante porque es la que ha desencadenado, de una forma u otra, al “monstruo”, además el conocimiento o la reparación de dicho “pecado” suele ser clave para la superviviencia del heroe o heroína. El sexo a menudo aparece como “pecado” en las peliculas para adolescentes, entre los adultos pueden ser varios, por ejemplo, en “Tiburón” la codicia de los caciques del pueblo que abren las playas anteponiendo su beneficio personal al bien común. Esta falta conecta con una parte del miedo que tiene que ver con otro sentimiento, la culpa. La culpa alimenta nuestro miedo a saber que el monstruo llamó a la puerta y fuimos nosotros quienes la abrimos.

La culpa y el miedo son mecanismos de control presentes en la relaciones humanas. Las personas usan estas emociones como formas de conseguir que el otro haga lo que quieren, ejemplos de esto lo vemos en las familias, en el entorno social o en los medios de comunicación (la culpabilización de la victima, un fenómeno estudiado por la Psicología Social, tiene  que ver con ésto). El sentimiento de culpa y el miedo se pontencian mutuamente. Por ejemplo, imaginemos el caso de un chico de que les dice a sus padres que es homosexual, y ellos le dicen que lo aceptan pero que no se entere su abuelo, que ha sufrido varios infartos y que enterarse de la noticia “en su estado” podría ser fatal. Aquí podemos ver como los padres tratan de influir en su hijo usando el miedo que puede tener él a que su abuelo fallezca y la culpa que siente de que de conocer algo así le podría llegar a matar. Esta combinación de ambos sentimientos aparece en las historias de terror, no sólo hay un temor al monstruo, también a la desaprobación de la sociedad,  representada por unos principios morales. Es el temor a que los actos de los que renegamos vuelvan a por nosotros. Es muy significativo que uno de los monstruos más comunes en el cine y la literatura sean los fantasmas. El fantasma suele ser un espíritu que atormenta a los vivos por la noche y cuando se encuentran a solas. Son entes asociados a lo inconcluso, a un daño que ha dejado una herida abierta del pasado que se aparece en el presente. El fantasma es una excelente metáfora de la culpa. Esta relación entre fantasmas y culpa queda reflejado en la reciente serie “La Maldición de Hill House”.

En este punto hay que diferenciar “tener la culpa” y el sentimiento de culpa. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define culpa así: “1. f. Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. 2. f. Hecho de ser causante de algo.3. f. Der. Omisión de la diligencia exigible a alguien, que implica que el hecho injusto o dañoso resultante motive su responsabilidad civil o penal. 4. f. Psicol. Acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado.”  Puede que hayamos hecho un daño y no sentirnos culpables en absoluto, y puede que nos sintamos profundamente culpables por algo sobre lo que no teníamos responsabilidad.

No debemos de olvidar que el sentimiento de culpa no tiene por que ser algo malo. Es un sentimiento que puede resultar adaptativo, nos puede empujar a realizar conductas que reparen o que ayuden a paliar el daño causado. Si hemos contestado mal a un amigo cuando este nos ha hecho una petición, sentirnos mal por ello ayudará a buscar una conducta adecuada, tal como pedir perdón, ayudarle en lo que nos ha pedido o explicarle porque no podemos atenderle. Ser incapaz de sentir culpa es tan problemático o más que sentirla en exceso. Desde el punto de vista de la Psicopatología Clínica, la ausencia de culpa puede estar presente en personas con un diagnóstico de trastorno de personalidad antisocial o narcisista. En el otro extremo, están aquellos que sufren de un sentimiento de culpa injustificada, debido a que la persona se atribuye responsabilidad de cosas que no ha hecho, aparece en pacientes con diferentes formas depresión y puede llegar a convertirse en un delirio en casos muy graves. También puede estar presente en el trastorno obsesivo compulsivo o el trastorno de personalidad obsesiva, provocando un exceso de control sobre diferentes aspectos de la vida y que se plasman a menudo en la presencia de las obsesiones y las compulsiones o rituales, a menudo con un contenido religioso.

¿Cómo se diferencia un sentimiento de culpa patológico del que no lo es? El sentimiento de culpa adaptativo es el que nos indica conductas concretas para poder repararlo en el presente. Un sentimiento de culpa flexible nos puede dar la motivación necesaria para comprometernos con un aspecto valioso para nuestra vida, como en el ejemplo anterior, si valoro la amistad con esa persona, la culpa me ayudará a reparar el daño.

Por el contrario, la culpa se vuelve dañina cuando hace referencia a la persona, no a la conducta. Cuando nos decimos a nosotros mismos que somos malas personas, pero no somos capaces de identificar cual es nuestra responsabilidad real en ese asunto. Por otro lado, nos límita impidiendo vivir de forma plena aspectos vitales de la existencia. Imaginemos una mujer que se siente culpable por estar enfadada con sus hijos porque estos no la apoyan y piensa que es mala persona por ello. Este sentimiento le afecta en la relación con los demás ya que se siente mal por sentirse así y no lo expresa, no le ayuda a comunicarse con sus hijos de manera asertiva, tampoco le sirve para dejar de sentirse enfadada, y le transmite una idea de sí misma que no se ajusta a lo que ella siente porque ¿qué hay de malo en estar enfadada con sus hijos?

Los mecanismos detrás de la culpa pueden ser diferentes en función de la historia del sujeto y por lo tanto también habrá de serlo las estrategías terapeuticas si es necesario realizar una terapia. Desde la perspectiva gestáltica, se entiende que ésta puede estar asociada con varios procesos. El sentimiento de culpa inadaptado pueder estar relacionado con el rechazo de nuestra propia agresividad hacía los demás, a veces es más facil dirigir la agresividad hacía nosotros, ántes de permitirnos pensar que el que ha sido “malo” con nosotros ha sido el otro, especialmente si ese otro es una persona significativa para nosotros como lo pueden ser los padres. En otras ocasiones no sólo es la agresividad lo que enmascara la culpa, sino emociones aún más dolorosas como el sentimiento de impotencia o abandono, aquí el sujeto se atribuye más capacidad de la que realmente tuvo para evitar un determinado mal, estos sentimientos pueden aparecer en personas que han vivido una ruptura amorosa, el fallecimiento de un ser querido o han sido victimas de abuso. También estas culpas pueden proceder de la presencia de autoexigencias que pesan sobre el yo del sujeto de muy diferentes formas y suele asociarse con la presencia de los llamados introyectos. Los introyectos son mensajes normativos que el sujeto ha recibido de su entorno y los sigue de forma acritica sin adaptarlos a sus propias vivencias y valores, de forma que éstos acaban condicionando su vida por medio de sentimientos de culpa recurrentes cuando se sale de dichas normas rígidas. Freud identificó estos mensajes normativos como parte de lo que denominaba como Superyo.

Viendo los procesos que pueden estar tras la generación de un síntoma como el sentimiento de culpa, dichos sentimientos pueden estar relacionados con situaciones interpersonales que ha vivido el sujeto.  Una manera de intervenir sobre dicha culpa en terapia podría ser el abordar tales situaciones interpersonales. Tratar de elaborar una situación no resuelta en el pasado puede ser doloroso, pero en un espacio terapeutico adecuado puede ser positivo para un manejo más sano de la culpa. La culpa patológica, como los fantasmas del cine, nos puede estar hablando de situaciones del pasado sin resolver que nos afectan en nuestro presente. Estar dispuestos a elaborar una situación del pasado desde un lugar diferente puede ayudarnos, como a los protagonistas de las peliculas de terror, a sobrevivir a nuestros monstruos-