Concepción de la Psicoterapia y de la persona

No hay salud sin valores humanos

Pasar de la espera a la esperanza, ser lo que verdaderamente soy, más de lo que pienso, siento y hago, es mucho más que tener salud, es ser sano.

Creemos en la bondad ontológica de la persona, constatando que lo negativo es un accidente en la ruta del ser humano, pero integrable y trascendible. “Enseñar” a amarse y amar, a percibir la realidad y ser justos con ella e ir deviniendo libres, forman parte de esa sabiduría de vivir la propia existencia con paz.

Instituto de Interacción y Dinámica Personal

La Psicología trae su reciente historia de la neurología y de la filosofía. Hasta los años 50 del pasado siglo, los psicólogos sabían filosofía. ¿Qué significa esto? En la base de toda psicoterapia implícita o explícita existe una concepción del hombre, de lo que significa “ser humano”, una antropología psicológica. Es importante que esta antropología se dialogue, se confronte con la cultura posmoderna, con las dimensiones sociales de la persona (pareja, familia, mundo laboral etc…). No basta ayudar a curar una fobia o remontar un estado de ánimo depresivo, hay que ayudar, respetando referentes sanos y opciones existenciales, “enseñar” experiencialmente que la tendencia actualizante, con todos sus influjos, nos conduce relacionalmente a ser humanos.

Hace más de 60 años Maslow escribía sobre la patología de la carencia axiológica. La salud que busca la psicoterapia es salud de un sujeto de valores, ser relacional que elije libremente sin el trastorno psicótico o la confusión neurótica.

Terapeutas famosos como Allport, Victor Frankl, E. Fromm, etc… apuntaban en esa dirección. Modernamente hasta Mahoney escribe sobre una vuelta a la dimensión espiritual de la persona que, sin situarse en ninguna “religión” concreta, energetiza poderosamente el proceso terapéutico.

La persona es cuerpo y es corazón (como símbolo de su mundo emocional), es razón, y espíritu

Es mayor que sí misma y en esa profundidad la terapia respeta, frecuentemente en silencio, y ayuda en la consolidación de bases humanas aptas para una opción profundamente vital.

La terapia se debe inculturar, y saber hablar de la mujer, del hombre todo entero, con una vocación de unidad que es mucho más que la suma de las parcelas “enfermas” que se verbalizan en el proceso. Su “salud” no es la de un animal sano sino la de una psicofisiología que se trasciende a sí misma en lo personal y en lo social. En lo profundo del ser humano hay siempre un misterio, la psicología puede llegar a su umbral y es deseable que así lo haga, pero nunca toca fondo.

La persona única, irrepetible, insustituible, exige un tratamiento que respete, oriente un horizonte vital que trasciende nuestros modestos saberes, aunque se sirva de ellos en el encuentro terapéutico para su propia andadura personal y social.

Ese universo personal es el que hemos tratado de sondear llevando a la consciencia todas sus posibilidades, mayores que nuestras expectativas.

Concebimos al hombre como necesidad y DESEO, ser separado y por lo tanto perpetuamente deseante. Descubrir el ciclo de sus necesidad, gratificarlas o tolerar su frustración, y sobre todo concienciar los deseos y sus consecuencias, sus motivaciones, capacidades e intereses, supone una tarea que teje el proyecto vital de ser persona situada, el argumento existencial de su vida, y aprendiendo del pasado encontrar el “cómo” vivir el aquí y el ahora sabiendo que nuestra vida no “cabe” en nuestra persona.

 

José Antonio García – Monge
Director del instituto de Interacción y Dinámica Personal