Sonia Hernáez, psicoterapeuta y miembro del Instituto de Interacción nos invita a reflexionar sobre la autonomía personal que tenemos cada uno de nosotros como individuos. 

«Como seres humanos poseemos una de las capacidades más increíbles que existen dentro del reino animal: la capacidad de inventar, elegir y orientar nuestra propia existencia de maneras muy diversas, configurándonos como personas constantemente a través de cada una de nuestras acciones».

Esta capacidad de elegir se pone de manifiesto durante la mayor parte de nuestra vida y se materializa de forma más evidente durante el proceso de individuación.

El nacimiento es un momento crucial en la vida de todo ser; supone dejar una comunión plena y completa con la madre para abrirse al mundo como un individuo separado de ella. El cordón umbilical que une físicamente al bebé con su madre y le colma en todas sus necesidades se rompe en el plano físico dejándole en una situación de gran vulnerabilidad. En esos primeros momentos, su existencia depende de la presencia de otra persona para poder sobrevivir ya que carece de los recursos y las capacidades físicas, mentales y emocionales para valerse por sí mismo. Se genera un “cordón umbilical invisible” (en un plano funcional y emocional) entre el bebé y la persona que le sostiene, que le brinda seguridad y un sentimiento de pertenencia y arraigo.

«En el proceso del desarrollo vital saludable de la persona, ésta va creciendo y cortando progresivamente los vínculos primarios que le sostienen en busca de nuevas libertades e independencia».

La conquista de la autonomía personal le brinda la oportunidad de ganar fuerza física, emocional y mental y le permite ir desarrollando una estructura de personalidad más organizada, definida e integrada guiada por su propia voluntad de SER.

A medida que la persona se vuelve más libre de explorar, desarrollar y expresar su propia individualidad, también aumenta la sensación de soledad interna; es decir, la persona se va percibiendo como un ser separado de los demás y esta sensación de soledad despierta fuertes sentimientos de angustia, impotencia y vacío que pueden ser realmente abrumadoras y aparecer como amenazantes incluso hacia la propia existencia. En esta fase se tambalean los cimientos que ofrecen seguridad y confianza ante algo nuevo que está por llegar pero que todavía no se ha consolidado, así como se abre la puerta a un devenir persona desconocido e inexplorado.

Este es el gran desafío: desarrollar una autonomía íntegra como persona bajo la curiosidad y la amenaza que supone este recorrido dudoso e incierto que se transita a lo largo de toda la vida.

Sonia Hernáez Larrea