Ahora que nos enfrentamos de nuevo a los deberes es fácil encontrarnos con algunos pensamientos, emociones y estados internos poco agradables. Pero el fin de las vacaciones también puede ser una gran oportunidad para acercarse a la paz interior.

Gran parte del malestar que experimentamos no está tanto en los eventos externos -ni internos- sino en el rechazo o el aferramiento a estos. No soltar lo que se ha ido, y no aceptar lo que está, es lo que nos coloca en un estado interno de discordia.

Ahora, ¿cómo aceptar algo que no me gusta?, ¿cómo no echar en falta la ligereza de la siesta, de la playa, dormir sin despertador… cómo no pensar en todo ello cuando estoy bajo el zumbido eléctrico del tungsteno y las larguísimas ocho horas de jornada?.

Antes de responder a esto, quiero acomodar las cartas con algunas claves previas, así que paciencia.

Resulta que las personas, en la medida en que crecemos, pasamos cada vez más a relacionarnos con el mundo a través de las ideas que tenemos de este, y no desde la experiencia directa sobre este. Una vez creada la categoría mental de “árbol”, por ejemplo, es muy probable que dejemos de experimentar la cualidad única e intransferible de los árboles en nuestro camino. Lo mismo sucede con el sí mismo; nos percibimos en función de las ideas que tenemos sobre nosotros, y atendemos poco -a veces nada- de nuestra experiencia real. Perdemos la capacidad de ser y estar con espontaneidad, lo tenemos que pasar todo por el filtro de las categorías mentales que poseamos.

Esto supone de entrada dos grandes problemas. El primero es que precisamente por su capacidad de catalogar, las etiquetas que utilicemos para explicarnos las cosas siempre se van a quedar muy cortas, son extremadamente limitadas en cuanto a alcance y variedad. Por ejemplo, con la etiqueta “tristeza” me puedo estar refiriendo a vivencias MUY variadas con diferencias cruciales, ya no sólo entre personas sino para un mismo individuo. El segundo problema es que estas ideas nos dan la sensación de estar viviendo aquello a lo que nos referimos aún cuando no haya experiencia real, y peor aún, muchas veces el recurrir a la etiqueta nos mantiene a distancia de lo que de verdad está sucediendo. Un clásico ejemplo de esto es el sabor de una fruta; podemos dedicar literalmente décadas leyendo, entrevistando eruditos y escuchando conferencias sobre el sabor de la naranja, pero hasta que no comamos una no vamos a conocer esta experiencia; y aunque hayamos comido una, el sabor de la siguiente seguirá siendo una experiencia diferente.

La situación se agrava pues llega un punto en que estamos convencidos de que la idea del sabor de la naranja es realmente el sabor de la naranja. No sólo hemos perdido la necesidad de probar una naranja para conocer su sabor, cuando la probemos y no coincida con la idea que tenemos negaremos la experiencia real, diremos que eso no es una naranja.

Suena un poco absurdo, pero sucede de verdad. Quizá al probar una naranja no haya más remedio que sobreescribir la idea previa con la experiencia real, pero en relación a asuntos más “personales” la idea que tengamos preestablecida puede de verdad bloquear el acceso a la experiencia real. Pensad en las primeras impresiones, por ejemplo, en lo difícil que puede ser liberarse de ellas. Lo veo constantemente en consulta, pongo un ejemplo cualquiera: llega una persona aterrada por sus recientes episodios de celos, en cuanto se da el permiso de ver qué sucede en realidad, descubre que dentro de esa caja negra etiquetada de “celos” hay una valiosísima colección de significados únicos a cada situación. Descubre que cada “celo” le dice mucho de sí, de la situación, de los demás, de su pasado, de sus miedos y deseos…

Si no me creéis, probad a explicar con la mayor exactitud cómo os sentís en este momento. Si vuestro interlocutor se implica en la escucha, veréis que cuanto más acertáis con las palabras, lo que sentís adquiere mayor riqueza e incluso movimiento. Podréis atisbar la naturaleza dinámica y fluida de la vida dentro de vosotros1 .

Al principio de este texto decía que gran parte del sufrimiento psicológico no viene tanto de lo que nos sucede sino de cómo estamos con ello. Esto es así porque supone un enorme esfuerzo mantener intacto nuestro paquete de creencias pues necesita de mecanismos bastante complejos para censurar la experiencia. Este sufrimiento se hace más evidente en los momentos en que nos sentimos confundidos, abatidos, y/o perdidos sin razón aparente, o cuando nos descubrimos reaccionando de una forma que no entendemos ni identificamos con nuestra manera de ser. Ahora, incluso cuando no es tan evidente para nosotros, esta especie de sufrimiento siempre está, simplemente nos hemos acostumbrado a no hacerle mucho caso.

No es de extrañar entonces que desde muchas disciplinas se busque emprender un viaje hacia la experiencia real, hacia lo que está sucediendo, dentro y fuera de nosotros. Carl Rogers diría: desmantelar la idea del yo en la medida de lo posible. En este sentido, tuvo una intuición muy potente al hablar del vivir organísimico, experiencial o existencial2 : se dio cuenta de que el yo real no es meramente una versión más acertada de constructos que la idea del yo3 , no, para nada. Vivir desde el yo real supone un estar completamente distinto en el que se puede vivir la fluidez de los fenómenos. Se puede llegar a percibir la cualidad única e irrepetible de cada evento; lo que sucede -dentro y fuera- se vive sin juicio ni etiqueta, no cabe en el saco de lo bueno ni de lo malo; simplemente es y deja de ser, sin más.

Bien, ¿y qué tiene que ver todo esto con las vacaciones?. Pues en el camino hacia experimentarme cabalmente quiero echar mano de toda oportunidad que se me cruce, y la vuelta a la oficina es una oportunidad maravillosa para entrenar la liberación del yugo de las etiquetas. Es simple: Si mi tranquilidad pasa en parte por dejar de creer lo que me digo que soy y que es la vida, entonces me ayudará colocarme como simple observador de lo que sucede, tanto agradable como desagradable. Observando mis pensamientos, tarde o temprano me llevará a darme cuenta de que soy más que mis pensamientos. Si profundizo en esto, con el tiempo llegaré a descubrir eso que soy además de mis pensamientos. Lo mismo con las emociones, los recuerdos, los deseos, etc.

Imagina las implicaciones que esto tiene a nivel psicológico: puedo estar conmigo, con lo que soy, momento a momento, en paz y sin tener que corregir, maquillar, esconder ni justificar. Puedo relacionarme con los demás exactamente igual. Suceda lo que suceda puedo elegir cómo responder sin peso, sin miedo a fallar, puedo ser, espontáneamente, y disfrutar de la frescura y autenticidad de mi movimiento. Quizá sólo unos pocos tienen la suerte de llegar a semejante libertad, pero cada paso que dé hacia ella será una gran conquista.

Entonces, la propuesta es aprovechar la transición de las vacaciones a la oficina para mirar todo lo que sucede sin tomar partido. Dejemos de momento toda conclusión y etiqueta. Sobre todo mirémonos mirando, démonos cuenta de que estamos experimentando cansancio, hastío, dificultad… También con lo que solemos llamar positivo; “aquí está ahora este gustito de ver a mi compañero de trabajo”, “aquí el deseo de que llegue el viernes para tomarme unas cañas”…

Ojo, al principio no es fácil; este ejercicio nos pondrá delante una cantidad importante de incomodidad. Es importante que dejemos de verla como negativa y simplemente dejarla estar junto con todo. Como un fenómeno más además de pensamientos, sentimientos, emociones, memorias, deseos, etc… Por otro lado, queramos o no, este tipo de ejercicios requieren cierta tolerancia al malestar por nuestra parte, así que conviene empezar por lo “fácil” e ir avanzando orgánicamente hacia terrenos más ásperos.

También habrán veces en que ciertos eventos nos sobrecojan y perdamos la posición de observadores. No pasa nada, si tenemos presente la intención inicial tarde o temprano nos daremos cuenta de que hemos sido arrastrados por la corriente, basta con mirar esto para que el observador se haga presente automáticamente. Sin juicios, explicaciones o expectativas. “Aaaa, me arrastró la corriente”, punto.

Es importante no confundir este ejercicio con la supresión; no queremos negar lo que sucede ni cegarnos ante ello. Simplemente queremos verlo sin accionar ninguna palanca. Tampoco tenemos que convertirnos en piedras; obviamente seguiremos eligiendo y actuando según nuestras preferencias. Se trata de abrir un espacio para empezar a percibir de otra manera o, mejor dicho, otro tipo de información: el que viene de la experiencia y no de nuestras ideas preestablecidas. Nuestro movimiento a partir de aquí será mucho mas espontáneo y auténtico.

Con este ejercicio, eventos que antes te hacían sentir “mucho” dejan de tener fuerza, ganarás un aire de ligereza sutil y muy placentero. No preguntes más, no hagas teoría, al contrario, tan solo abre un espacio. Tampoco te desanimes cuando no lo consigas; es algo a lo que debes habituarte, como todo.

Te comparto un truco que me sirve mucho. Puede ser que necesites entrenarlo, o puede que desde la primera puesta en marcha descubras sus frutos, el caso es que no servirá de nada que te limites a entenderlo intelectualmente; tienes que ponerlo en práctica. El truco es que mires lo que sucede, dentro y fuera de ti, como si fuese parte de un sueño. Toma la silla que tienes delante, tu respiración, los coches, tu cansancio, tu brazo derecho o incluso la sensación de habitar tu cuerpo y miralo como si estuvieses en un sueño en medio de la noche. Deja que la sensación te empape completamente y extiéndelo tanto como puedas. Ya está. No busques más, no intentes volar como en un sueño ni nada, simplemente entrena la sensación de estar observando las cosas como si fuesen productos mentales, como si los estuviesen creando las sinapsis en tu sistema nervioso.

De alguna manera esto no dista nada de lo que procuro cultivar como facilitador en psicoterapia, y lo que comparto con los estudiantes en el Máster y el Curso especialista en Psicoterapia Centrada en la Persona: un encuentro lo más limpio posible. Quiero acercarme a la persona y su mundo sin la mediación de etiquetas o constructos ajenos a su mundo, y de paso presentarlas de manera consciente. Quiero estar con ella sin necesidad de catalogar ni juzgar lo que vive. Abrir un espacio así permite que emerjan sus significados y que, a la larga, ella misma trascienda las explicaciones para dejarse ser. Con algo de constancia, es muy probable que descubra que no hay nada en ella que amerite ser negado, rechazado, castigado ni juzgado; podrá empezar a quererse y valorarse sin condiciones.

En resumidas cuentas no se trata de otra cosa que seguir el consejo del templo de Apolo en Delfos: conócete a tí mismo. Ahora, para conocernos propongo empezar por desprendernos de todo lo que no somos.


El pensamiento científico imperante nos ha llevado a creer que los humanos también somos máquinas de respuesta simple y lineal, que la generalización es posible porque todos sentimos lo mismo. En un artículo anterior hablé de la tendencia actualizante y mencioné a Jürgen Kriz, él consigue explicar muy bien cómo es que el paradigma mecanicista puede estarnos cegando. Propone que dentro de la ciencia, la teoría interdisciplinaria de sistemas es una respuesta natural en busca de una comprensión más cercana a la vida. Recomiendo ampliamente la lectura de su trabajo, pero baste decir aquí que nada, ni siquiera el sistema de vida más simple se puede comprender meramente mediante descripciones, mediciones, etc.

Para ahondar en este asunto, recomiendo la lectura de “La persona que funciona plenamente” y “Ser la persona que uno realmente es” capítulos 8 y 9 de “El Proceso de convertirse en Persona” de Carl Rogers.

Con este término se refirió al paquete de ideas preconcebidas que tenemos sobre nosotros.