“Cómo alguien más me pregunte que voy a hacer estas vacaciones me lo como. ¡No me interesan mis vacaciones ni me importan tampoco las suyas!”. “Ojalá tuviese una máquina del tiempo y pudiera saltarme el mes de agosto. No quiero volver a los sitios donde estuve con ella, sin ella. Pero por los niños tengo que ir… y me duele tanto”. Éstas y otras afirmaciones similares son las palabras y emociones que más frecuentemente vengo sosteniendo junto a las personas en duelo en época de vacaciones. Esos hombres y mujeres viven encogidos por el pesar de una pérdida definitiva pero se sienten empujados, por las convenciones sociales del calendario, a construirse un ficticio contexto celebrativo y lúdico sin interés ni ilusión. Qué paradoja. Casi una provocación para su alma rota. Aquí y ahora el ocio en relación ha perdido su tono agradable y no hay deseo de disfrute ni de aventura. Ahora un fin de semana, un puente o unas semanas de verano no son igualmente deseables, en época de duelo mutan. Ahora gritan ausencia de personas y proyectos, confusión y desorientación, muestran un agujero en el presente -¡otro!- que no se tiene anhelo ni ánimo para rellenar. Somos animales de costumbres y cuando transitamos un duelo nos sentimos abocados a la frustración por la imposición de tener que integrar la realidad de la impermanencia. Las vacaciones que fueron nunca más volverán… y se añoran.

En los años que llevo acompañando a adultos y niños en duelo he visto que la rutina es como una capa protectora frente al huracán que provoca la muerte de un ser amado: no impide que el cuerpo se moje pero algo protege. Es una aliada que otorga a lo previsible un valioso aroma de seguridad, una apariencia de estabilidad que intenta preservar de la visita de otras pérdidas y dolores. Un espacio controlado que permite estar en lo pequeño conscientemente –“dándome cuenta”- para vivenciar, primero, y atravesar, después, los sentimientos, pensamientos y sensaciones que el adiós definitivo pone a los pies del doliente sin entumorizarlos. La rutina suele ser un escenario que favorece el tránsito del tormento y la zozobra y facilita el balbuceo de un tímido “sí” ante la realidad que tozudamente se impone, permitiendo que se vislumbren nuevos significados para tanto dolor. Así sucede cuando se fluye con el proceso de un duelo sano.

El reloj como organizador de la rutina y la rutina como organizadora de la vida parece que le hacen bien al corazón abrumado, permitiéndole funcionar en un inteligente modo de “ahorro de energía”-ahora que ésta no desborda-. Porque al transitar el desierto existencial de un duelo no es difícil caer en la dejadez y es precisamente ahí cuando los hábitos previenen el abandono de las responsabilidades adultas y de la negligencia en el autocuidado. Así, cuando en septiembre nos reencontramos en el espacio terapéutico esos hombres y mujeres doloridos suspiran aliviados, “ya pasó”. El camino dibujado por la rutina está normalizado, más entrenado, y eso ayuda a que el suelo parezca más firme y sostenedor. Cuenta el profesor Csikszentmihalyi que cualquiera de nuestras mentes necesita información ordenada, objetivos claros y dirección para obtener cierto bienestar. Eso explica que el tiempo que va de entre las 10 y las 12 de la mañana del domingo sea el momento menos grato de la semana para muchas personas, al ser el menos estructurado. ¿Cómo serán, entonces, los sucesivos días de aquellos que han sido privados de una cotidianidad conocida, compartida y generalmente deseada? “Al fin septiembre” es una expresión que estos repiten al acabar el verano. “Al fin no me tengo que seguir esforzándome hacia fuera. Al fin puedo parar, permanecer en lo pequeño y esperar la llegada del día en que me costará menos seguir respirando”.

En tiempo de duelo mantenerse en plena compostura de dignidad, sosteniendo la aflicción, es suficiente, un logro. La afiliación con el festejo y la diversión volverán a asomarse de nuevo a la biografía cuando empiece a consolidarse un nuevo vínculo con el fallecido, sin su presencia física, basado en el cariño y en la gratitud de lo que fue posible junto a él. Porque como decía Neimeyer en una conferencia que dio en Madrid en 2014 “no hay que buscar tanto una superación como una integración de la pérdida en nuestra vida”. Sigue doliendo recordarle pero al tiempo se sonríe con ternura al ver su foto y se va descubriendo que sin esa persona tan querida se puede seguir respirando, abrazando, acogiendo y soñando. Un ejemplo vital que si hay hijos constituye la más valiosa de las herencias, la que más les fortalece. Ver a un progenitor azotado por lo indeseable manteniéndose en pie, sin perder la confianza básica en la vida ni caer en victimismos es el mejor de los legados, ya que de algún modo los hijos podrán experimentar que “si mi madre o mi padre pudieron, yo también podré” –porque no nos engañemos, la pérdida visitará intermitentemente, en mayor o menor medida, la vida de cada uno de nosotros y también la de los hijos-. Y cuando la pérdida se integra, las vacaciones pueden volver a significar un tiempo de encuentro, contacto y apertura, de ocio celebrativo y sentido lúdico y, con suerte, se disfrutarán habiendo crecido como ser humano.

Paloma Rosado