Al terminar el grado de Psicología, incluyendo la formación complementaria imprescindible, el alumno (o ya ex alumno) se ve ante el abismo de pasar de la teoría (estructurada y precisa) a la práctica (imprevisible y cambiante), del papel (que todo lo aguanta) a la realidad (que cae por su propio peso).

Es ahí cuando pueden surgir las dudas y las inseguridades. ¿Serán suficientes los conocimientos adquiridos durante los años de estudiante para enfrentarse exitosamente a la práctica profesional?¿Sabremos hacer lo correcto cuando tengamos delante a una persona concreta que viene a pedir soluciones para su sufrimiento?

Como se ha escrito mucho (y mejor de lo que yo podría hacerlo) sobre consejos a psicólogos principiantes, me limitaré a exponer alguna pincelada de lo que fue mi experiencia en los inicios de mi trabajo profesional, vista desde la perspectiva que proporciona el tiempo y la experiencia posterior.

En primer lugar, recuerdo una necesidad de seguir fielmente las indicaciones de la escuela teórica con la que más me identificara. Esto me proporcionaba seguridad y sensación de estar haciendo algo razonable, puesto que no era lo que a mí (pobre ignorante) se me fuera ocurriendo, sino lo que otros profesionales con más conocimientos y experiencia hacían, o decían que había que hacer. En realidad, no me parece una postura criticable (quizás porque en parte es inevitable). Sería algo parecido a cuando vamos a un lugar con unos códigos o costumbres que desconocemos y nos dedicamos a imitar lo que hacen los demás. Parece una actitud sensata. Y lo es. Pero creo que no debemos acomodarnos mucho tiempo en esa posición porque sin darnos cuenta estamos forzando a que el paciente encaje en nuestro molde en vez de ser nosotros los que nos adaptemos y entendamos el mundo interior de la persona que tenemos delante. Está bien reconocer que dar ese paso exige haber adquirido cierta seguridad, pero también es importante darse cuenta de que entrar en el mundo del otro siempre es un salto al vacío, por mucha experiencia que se tenga. ¿Por qué no empezar a ejercitarlo cuanto antes?

Por otro lado, no me olvido del tiempo que dedicaba a preparar las sesiones desde un punto de vista muy racional: leer los informes que tuviera de la persona, repasar mis notas de sesiones anteriores, comprobar en qué punto estaba la psicoterapia para ver qué objetivos plantearme en la siguiente sesión, etc. Aún lo sigo haciendo si el tiempo me lo permite. Lo que ha cambiado es la perspectiva emocional, la disposición interior hacia ese material. Antes era un repaso consciente y técnico, que me llevaba a intentar hacer un planteamiento sólido del caso y a poder decidir con el mejor criterio posible qué técnicas utilizar o qué estrategias trabajar con la persona. Ahora se ha convertido en un proceso mucho más emocional. No trato tanto de recordar datos o detectar explicaciones, como dejarme llevar por lo que ha ido diciendo la persona, por los sentimientos que ha revelado, por mis propias reacciones  emocionales ante eso, para facilitar una determinada actitud, un estado interior que me predisponga a escuchar a la persona, a comprender su vivencia y a acompañarla en su proceso.

Sería, no obstante injusto, no reconocer en estos y otros cambios que se fueron operando en mí la importancia que tuvo el conocer el Instituto de Interacción y Dinámica Personal, y realizar aquí el Máster de Psicoterapia Individual y de Grupo.

No fueron sólo los conocimientos que me aportó, ni la posibilidad de desarrollar otro tipo de intervención que no fuera exclusivamente cognitivo-conductual, sino, sobre todo, lo que me permitió profundizar en el conocimiento de mí mismo.

 Y me hizo darme cuenta (aunque quizá esto no tenga un valor universal, en el sentido de que cada persona tendrá que hacer sus propios descubrimientos, los que realmente le sirvan a cada uno), me hizo darme cuenta, digo, de que por encima del uso de determinadas técnicas (que son importantes), más allá de la adquisición de conocimientos (que nunca está de más) y por delante del manejo de recursos psicoterapéuticos (que conviene aprender), lo que realmente me ayudaba a acompañar a las personas en el descubrimiento y recorrido de su propio proceso era tomar consciencia de mis emociones, comprender mis sentimientos, aceptar mis debilidades y ser congruente con mis intervenciones. No creerme que yo salvaba al paciente de nada, sino verlo como una oportunidad para seguir aprendiendo sobre mí mismo.

Supongo que si ahora me cuesta menos esfuerzo enfrentarme a la práctica profesional, no es tanto porque pueda confiar en que mi experiencia me permite saber lo suficiente como para poder ayudar a la persona en terapia, como porque puedo confiar en que la persona que venga va a ser capaz de encontrar sus propias soluciones, y yo podré descubrirlas a su lado.

Pablo Sierra

Psicólogo y miembro del Instituto de Interacción