Tecleo en Google: “sentimientos negativos”. Directamente, en la primera entrada, sin necesidad de pincharla, aparece un listado de emociones. Lo reproduzco literalmente: ansiedad, depresión, cólera, odio, tristeza, dolor, ira, rabia, rencor, remordimiento, culpabilidad, envidia, avaricia, egoísmo, venganza, superioridad, soberbia, enojo, mal genio, atropello, fastidio, molestia, furia, resentimiento, hostilidad, animadversión, impaciencia, indignación, irritabilidad y violencia. Treinta sentimientos del tirón. Ni rastro de la vergüenza.

Cuántas veces hemos oído expresiones como “se me cae la cara de vergüenza”, “pasé tanta vergüenza que quería que me tragara la tierra”, “me moría de la vergüenza”… Sí, sí, ya. Pero no aparece en esa lista de treinta.

La vergüenza nos genera sufrimiento, un malestar que nos hace desear desaparecer, ser invisibles para los demás, que nos paraliza, nos bloquea, nos asusta, evitamos por ella determinadas situaciones, no nos atrevemos a decir lo que pensamos, nos impide tomar determinadas decisiones, hace más difícil hablar en público, nos escamotea momentos de disfrute y satisfacción y nos mantiene atados a nuestra zona de comodidad.

Tecleo en Google “vergüenza”. Directamente, en la primera entrada, sin necesidad de pincharla, aparecen dos definiciones.

  1. “sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida o por una humillación o insultos recibidos”.
  2. “sentimiento de incomodidad producido por el temor de hacer el ridículo ante alguien, o a que alguien lo haga”.

No está mal, pero da la sensación de ser una emoción menor, una incomodidad, una molestia en el mar de los sufrimientos auténticos que pueden inundar nuestra vida de malestar.
Y, sin embargo, ahí está, muchas veces oculta, esperando la ocasión adecuada para atraparnos inesperadamente o descansando tranquilamente porque sabe que no necesita aparecer en escena para influir en nuestras vidas, porque, para evitar su presencia nos esforzaremos en actuar “correctamente”, o en ocultar información a los demás o en engañarles o, por supuesto, aún mejor, engañarnos a nosotros mismos para poder vivir tranquilos.

Porque lo peor de la vergüenza no es su presencia, esa sensación bochornosa que sentimos cuando nos vemos o creemos vernos duramente juzgados por otros; lo peor es su ausencia acechante, su poder para que hagamos lo que sea con tal de evitar su aparición.

¿Y todo para qué? Para protegernos. Para evitar que hagamos el ridículo, que nos pongamos en evidencia ante los demás. Para que nadie pueda, luego, reprocharnos nada. Para sentir que hacemos lo que debemos, que somos gente digna de confianza. Está bien.

Por supuesto, la vergüenza, como cualquier emoción, nos puede ayudar a funcionar adecuadamente, nos permite adaptarnos a situaciones sociales, funciona como reguladora ética y moral, nos da información sobre determinados errores y nos motiva a rectificarlos o evitar reproducirlos en el futuro.

Quizá los problemas aparecen cuando se combina con una baja autoestima que nos hace ver sólo nuestras limitaciones, nuestra incapacidad para enfrentarnos a los problemas, para ser resolutivos o para gustar a los demás o conseguir su aprobación. Es entonces cuando la vergüenza sale en nuestra defensa porque, si valemos tan poco, mejor que no nos expongamos aunque tengamos que vivir maniatados, sin correr riesgos, grises.

La mejor definición de Vergüenza se la leí al escritor checo Milan Kundera, haciendo referencia al sentimiento de uno de sus personajes del “Libro de los amores ridículos”. “Estado de padecimiento, consecuencia de la visión de la propia miseria, puesta repentinamente en evidencia”.

Eso ya es otra cosa.

Pablo Sierra Aramburu